miércoles, 15 de noviembre de 2017

Somos suspiros ajenos



Hoy entré a un correo que hace años no revisaba porque guardo datos muy específicos y me llevé la sorpresa del día: dos años de emails (desde 2015 hasta octubre de este año) de un ex que en su momento quise y en su tiempo le perdoné muchas cosas, pero llegó a un límite que me hizo no querer volver con él.

Me recordó la vez que terminamos. Fue de visita a la ciudad en donde vivía y no se despidió de mí. Yo iba manejando apurada a su casa para alcanzarlo y decirle adiós, pero sólo me mandó un mensaje con un “lo siento, me tengo que ir”, dejándome otra vez sola, porque muchas veces me quise aferrar a lo poco que me daba, aunque las esperas fueran largas y tortuosas (entre otros detalles que ya no vale la pena explicar). Ese día me detuve en un mini super, compré unos cigarros, lloré poquito y me dije “nunca más”.

A partir de ese entonces tanto el hombre como el cigarro que tiré, se fueron de mis manos para no volver. Creo que fue en 2013, según mi oxidada memoria. Me rogó, lloró y se disculpó hasta el cansancio. Me escribió cartas que me negué a leer, porque nunca fue suficiente para mí el tratar de enmendar años de errores que de alguna manera permití y dejar pasar por otro pinche “lo siento” que se iba a extender hasta su próxima excusa.

Me dijeron una vez que nosotros siempre tenemos a alguien en quién pensar que no hemos podido superar, que nos deja algún asunto inconcluso con una factura que a veces pagan otras parejas. Ese huequito que duele cuando hace frío o está lloviendo y estás solo en tu cuarto. Aún no tengo claro quién es el mío (o si ya llegó), pero yo sé que he pagado los platos rotos de otros corazones que uno pensó que iba a salvar y fueron abandonados a la mitad del naufragio.


Somos ese recuerdo de lo que no pudo ser, de unas manos que se soltaron en algún momento y eso, muchas veces resulta ser lo mejor, porque la vida nos da lo que necesitamos, no lo que quieremos y eso está mejor. Somos suspiros ajenos, definitivamente. 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Y retiemble en sus centros la tierra...

No sé ustedes, pero ya pasó una semana desde el temblor de la CDMX y todavía me siento de la chingada; continúo alistando mi ropa mientras me baño por si hay que correrle al techo, sigo dejando la ventana abierta aunque me dé frío para escuchar la alerta sísmica y me viene a la mente aquel hospital que trasladaron a un camellón en una calle por la que tuve que pasar luego de que la ciudad se fuera para abajo.

La gente que quiero está bien y no pasó a mayores, pero es inevitable pensar en todas esas personas que no van a volver a su casa, ver a sus seres queridos o jugar con sus mascotas. Cuando llegué a mi departamento por primera vez, días después del temblor, no dejaba de ver la lámpara del techo y sentía que se movía porque otra vez la tierra nos reclamaba todo lo que hemos hecho. La factura es tan grande y nosotros tan frágiles, que 4 días después de la primera sacudida nos jugó una broma y volvió a brincar. No tan enojada, no tan fuerte, pero nosotros con el mismo temor (eso sin olvidar que once días antes, nos despertó un temblor a medianoche).

No dejo de repetir las imágenes en mi mente como esa mala canción que no sale de tu cabeza. Espero que todos estén bien y puedan ver a sus perritos dormir en casa, como si todo hubiera sido un mal sueño.

Intentamos hacer nuestra vida como cualquier otro día (al cabo que estamos en el país de no pasa nada), pero ¿no se sienten culpables de querer retomar su vida o sólo soy yo? Ya pasamos de la etapa del "qué bonito estar todos unidos" al "espero que el gobierno no se robe nuestra ayuda". Esto, porque la brecha más grande que abrió el temblor: la que tenemos como sociedad con nuestros políticos. Ya no creemos nada, ya no vemos su ayuda, ya no los queremos en las fotos como nuestros salvadores.

Por nuestra parte, habrá que ayudar a construir los pedacitos de todo lo que ha pasado, abrazar a México y querer mucho a las personas que nos rodean, sin olvidar que las desgracias pasan de moda y la gente en las calles cada vez puede ser más y mañana podemos ser nosotros los que vamos a pedir ayuda.

Mira mamá, con miedo…


sábado, 10 de junio de 2017

Se nos muere la infancia

Hoy el internet me sorprendió con la noticia que se murió Adam West, nuestro precioso Batman a go go. Me puso triste porque me gusta mucho Batman en casi todas sus expresiones (no me hagan empezar con la película de forever de 1995) y empecé a ver sus episodios en internet. No es sólo el personaje, son los recuerdos.

Es el estar con mi hermano viendo episodios viejos del caballero de la noche, porque era lo que había, comiendo papitas con mis primos en el piso para no ensuciar los sillones. Esto era casa de mis abuelos. Cuando la televisión sólo tenía como 3 canales y nos tocó ver muchas peleas y bailes psicodélicos en ella, mientras mi mamá y mis tías jugaban baraja en la cocina. Muchas veces los gritos y las risas no nos dejaban escuchar la tele pero no nos molestaba, éramos felices y todo estaba bien desde mis ojitos de niña.

Era cuando te vendían el refresco en bolsa afuera de la escuela y el señor de las tortillas te regalaba una con salsa y sal. Cuando tu única preocupación era coleccionar tazos y buscar una monografía para mal pegarla en un cuaderno de cuadrícula grande. Cuando nuestros papás eran nuestros héroes personales y de una u otra manera, se encargaban de que no hubiera por que preocuparte. Había viajes a Disneylandia y todo eran personajes mágicos y fuegos artificiales a la media noche, cuando te estabas quedando dormido. 

Extrañé tiempos sencillos, cuando escuchábamos a Mercurio y el dólar estaba a 3 pesos, cuando me quería pintar las uñas y no me dejaban. Cuando me compré mi primer labial a escondidas y me dio tanto remordimiento y le dije a mi mamá porque me sentí muy mal (obvio me lo quitó).

Era no saber de problemas del mundo, porque tus papás te cuidaban de todo lo malo e ibas a ver a La Bella y la Bestia al cine, tu mamá hacía hamburguesas para ver la película y todo mundo escuchaba cuando abrías tu humilde coca de lata, lo que te daba una mezcla de risa y vergüenza. No nos dábamos cuenta de todo lo que teníamos. Sólo queríamos ser adultos y cambiar el mundo. Ahora, ya crecidos, lo único que pedimos es que el mundo no nos cambie a nosotros. Necesitamos una vida más simple.

A veces extraño ser niña, gracias por dejarme tener una infancia bonita. Gracias por recordármelo, Batman.





martes, 23 de mayo de 2017

Mi arqui


Escribo muy poco de mi papá, desgraciadamente. Pero si pudiera decir algo de él, es que es una persona muy importante en mi vida, mi coach personal, mi proveedor de memes y quien está al pendiente de lo que hago. Confía en mis decisiones, aunque no siempre este de acuerdo con ellas.

Muchas veces no entiendo sus chistes y su sentido del humor me llega a molestar, pero sé que es su manera de seguir en contacto conmigo. Hasta cierto punto creo que sigo sin aprender a sacar porcentajes porque me gusta marcarle para que me ayude y platicar un poco, que me regañe un rato por el problema que esté de moda en mi vida al momento y seguir sin hablar otro par de semanas. Es una bella danza padre-hija.

Se queda callado muchas veces cuando mi mamá le cuenta mis tragicomedias, pero ella me dice que se preocupa. No es una persona que va a darte un abrazo o mandarte un mensaje bonito, pero es alguien que va a estar ahí cuando lo necesites. Su manera de demostrarte que te quiere es que no te falte nada, y yo, afortunadamente puedo presumir que crecí con mucho amor.

Él motivó mi gusto por la lectura, cuando podía me llevaba libros a la casa e inclusive me regaló unos que tenía en su juventud que a la fecha conservo. Me compró mi primer -y única- guitarra eléctrica cuando le dije que quería aprender e inclusive me dejo ensayar con mi banda en la preparatoria en el patio de la casa, aunque se enojara porque luego me veía fumando según yo con la habilidad de un ninja a mis escasos 17 años. Pero es el motivo por el cual siempre que miro un edificio que me llama la atención es un “me gustaría estuviera aquí para verlo”.

Cuando era niña, nos llevaba de vacaciones hasta donde su bolsillo lo permitiera. Hicimos viajes familiares que hasta la fecha queremos repetir. Pinté algunos de sus planos -aunque me quedaran horribles- medí terrenos y más de una vez y me enseñó a usar sus herramientas. Aún recuerdo lo impactada que me quedé las veces que me llevó a pagar "la raya" (el salario) de los albañiles que trabajaban en las construcciones que hacía y el que firmaran con una cruz, porque no sabían escribir. Siempre viví muy alejada de realidades como esas, pero de alguna forma me han ayudado a seguir con los pies en la tierra.

Es llegar a su casa y que te pregunte todo lo que no ha hablado contigo. Es una persona que nunca ha dejado a un lado a su familia, alguien que estudió arquitectura, pese a su mamá quería que fuera mecánico, porque pensó que era lo correcto. Creo que nos parecemos en eso, porque si hay algo que me he llevado de él es hacer lo que me parece justo, aunque no necesariamente sea lo más fácil.

Es saber que no importa lo malo que pueda ser el mundo, siempre va a estar su hogar para mí. Hasta ahorita, creo que pocas cosas superan el hecho de que tu papá confíe en ti y deje navegar por la vida y que hizo un buen trabajo con sus hijos y que por eso tú vas a hacer lo mejor que puedas, porque eso fue lo que aprendiste de tu familia. Espero algún día ser más como él.

No hace mucho tiempo, me dijo que él no se preocupaba por mí, porque sabía que de una u otra manera yo resolvía las cosas. Luego de haber vivido en varios partes y decidir quedarme en CDMX aunque todos me dijeron que me devolviera a Chihuahua, él fue de las pocas personas que me dijeron "vas a estar bien, no sé cómo le haces, pero te las arreglas para hacer lo que quieres. Siempre has andado sola por todos lados", cuando vino al aeropuerto y necesitaba verlo.

Te quiero mucho papá, gracias por confiar en mí y enseñarme a conseguir lo que quiero, por dejarme crecer a mi ritmo, pero sobre todo por no dejarme hacer menos por nadie, por darme un trato que tu consideraste equitativo con mi hermano, por enseñarme de carros, por hacer corajes juntos, por despertar en la noche mientras yo andaba en la calle y recordarme al día siguiente a qué  hora llegué, por todo lo que haces con Demian, pero sobre todo, porque siempre puedo volver a Chihuahua y me vas a recibir como pocas personas lo hacen (con amor y comida, no necesito más).

miércoles, 8 de marzo de 2017

Morras


Cuando mi mamá era joven, trabajaba en un banco en el que duró años. Es una persona trabajadora, honesta y muy dedicada, por lo que me consta que era una excelente empleada. Sin embargo, siempre vio a los hombres con los que laboraba subiendo de puesto y pasando a mejores oficinas ante sus ojos, por el simple hecho de que ella era mujer y cuando tuviera hijos, pues ya no iba a poder trabajar.

En edad primaria, me enseñó a limpiar, hacer de comer y las labores del hogar, porque fue lo que a ella le enseñó mi abuela. Me dijo que tenía que aprender a hacer todo esto para cuando me casara, pero que también estudiara mucho porque "si no te sirve tu marido, lo mandas a la chingada y no tengas que depender de nadie".

En la secundaria fue la primera vez que me dijeron puta. Tenía apenas unos 12 o 13 años y acababa de cortar a mi primer novio, Jaime, porque comenzó a aburrirme y simplemente me dejó de gustar. Nunca nos dimos ni un beso, pero como lo quise dejar, fui una zorra. 

Trabajé como periodista en la fuente policíaca varios años; me dijeron muchas veces que "estaba muy chiquita", que "era muy bonita para andar viendo muertos", que "¿cómo iba a trabajar sólo con hombres? o que mejor escribiera en notas de sociales ¿Cómo iba a hacer un trabajo no apto para mi sexo?

Cuando decidí irme a vivir a Washington, vendí, regalé y tiré casi todo, porque de momento no pensaba volver a mi rancho. Varias personas hicieron el comentario de cómo iba a hacerle, me cuestionaron hasta lo que iba a comer. A base de maruchanes, andar en la bicicleta, llorar -bastante- por sentirme jodidamente sola y mucha gente buena que me encontré en el camino, salí de pie; de una u otra manera siempre lo hago (aún no sé cómo). Lo mismo pasó cuando decidí venir a Ciudad de México ¿Por qué no mejor volver a casa? Un loop infinito.

Hoy me tomé unos minutos para leer algunos post de gente que conozco en redes sociales, y que deliciosa ironía ni en el día de la mujer nos ponemos de acuerdo en indignarnos o en felicitarnos. Por mi parte, me siento agradecida por todas las mujeres que lucharon por lo que hoy tenemos y a seguir con lo que nos falta. 

A modo personal aún me falta mucho qué hacer, pero me siento fuerte, rodeada de mujeres extraordinarias: mis compañeras de departamento, mis amigas, mis familiares, mi madre y mi abuela, todas ellas son una parte muy importante en mi vida, con los pedacitos que me regalan día a día y por su esfuerzo en todo lo que hacen, porque a su modo todas son feministas, todas aportan, todas aman y créanme, son bien correspondidas. 

Seamos libres, felices, responsables y dejemos de echarnos tierrita entre nosotras. 

Abrazo solidario.

domingo, 12 de febrero de 2017

Viajar sola

Andar sin nadie más por el mundo es una buena oportunidad para conocerte un poco; con suerte hasta te puedes caer bien.

Decidí irme a acampar sin invitar a nadie y con desconocidos que vi en una página de internet (a veces me pongo malita de mi criterio). La meta: tratar de no morir atacada por un oso o por algún compadre de Eruviel (riesgos de viajar a Edomex),  a la vez que desempolvé un viejo hobby de la infancia: la astronomía (la cual no pasaba de las enciclopedias de Disney que me compraban mis papás, pero era algo que me gustaba mucho).

La despensa fue: vino, dos paquetes de cigarros, dos latas de atún, galletas y dos pares de zapatos que me compré en un pueblo con el presupuesto de mi comida (lo que explica lo terrible/limitada opciónalimenticia).

Empaqué lo más ligero posible y tuve que aprender a armar una tienda de campaña, experiencia traumática porque aparentemente todo mundo sabe loque hace menos uno; se parece tanto a ser adulto.

Hablé con gente que nunca había visto, reí mucho y dejé irmuchas cosas que traía en mi cajita de Pandora personal qué tan celosamente guardaba mientras estaba en la fogata del campamento. Decidí perdonarme mis errores y por el daño que (me) he hecho en el "tú te lo pierdes y yo me lo ahorro" que tengo como estilo de vida.

En la madrugada me despertó el frío y no tenía ninguna pierna ajena para entrelazar. Me sentí jodidamente sola, pero luego de una pequeña catarsis y unos tragos de vino (no me vaya a morir de hipotermia) me dormí. Saldo blanco.

En conclusión ha sido de las mejores experiencias que he tenido; no puedo esperar para volver a invitarme a viajar, porque soy buena compañera de salidas y siempre traigo un pisto en la bolsa. 


lunes, 6 de febrero de 2017

Ella



Hoy me desperté extrañando mucho a mi mamá, con su pelito güero que quería de niña y por el cual mi papá me decía que era menonita (obviamente le creía). Nuestro camino juntas ha sido complicado, lleno de risas, regaños y –últimamente- abrazos apresurados de aeropuerto.

Es un: "no te rindas, tú eres chingona y te va a ir bien", cuando todo va mal y tienes 20 pesos en tu cuenta de banco; mi doctora particular y la que me ha enseñado a irme lejos, porque sabe que siempre regreso.

Ella es Navidad, adornitos de fieltro y canutillo hechos a mano; es olor a pastel recién horneado y el sonido de una máquina de coser. Mi mamá es un boleto de avión a casa cuando estás lejos y te rompen el corazón.

Te quiero mucho, Merrys. Quería que lo supieras -aunque ya has de estar enterada porque las mamás lo saben todo-.

martes, 17 de enero de 2017

Un rayito de pinche luz


Hace poco tiempo terminé una relación muy importante para mí y no quedé tan dañada como pensaba. Pero luego de di cuenta de que dejé de escribir porque tenía miedo de lo que fuera a salir de mis dedos; me daba pavor darme cuenta cómo me siento.

La melancolía es un arma de dos filos que algunas veces abraza y otras más te ahoga. Buscar confort en brazos ajenos siempre tiene su precio.

El riesgo de darlo todo es quedarte sin nada. Y aquí estoy, jodidamente (in)feliz en un cuarto con unas cortinas que se caen y una cama vacía. Un día decidí irme y aguantar los insultos de mi huida, o si no nos hubiésemos quedado juntitos y miserables por mucho más tiempo. Intenté evitarlo porque me sentía mal sólo de pensar que cuando él viera mi silla vacía, pensara que cualquiera pueda llenarla (en esa parte no me equivoqué, pero ya no importa). 

Que te rompan el corazón duele, que lo hagan lento es lo que cala. Fueron dos años de una extraña devoción y complicidad que no supimos cuidar, pero supongo que todo es cuestión de aprender a cerrar círculos, aunque en la escuela sólo te hayan enseñado a dibujar cuadros.

Claro que pueden arrancarme la esperanza, de todos modos vuelve a crecer.

viernes, 6 de enero de 2017

Seis

Hace seis (6) meses, luego de terminar mi año en la CIDH, me vine completamente a la aventura a la CDMX. No tenía casa, trabajo o algo más que mis ganas de salir de mi zona de confort. 

Ha sido una etapa difícil y a la vez muy feliz, porque la vida es ese restaurante que no siempre tiene tu platillo favorito en el menú. 

México es un monstruo que te puede comer vivo, con un espacio personal reducido y demasiadas quesadillas sin queso, pero tiene su encanto, ese que nos hace venir a buscar algo más y a su modo, te recibe con los brazos abiertos. Gracias a la vida (y a mi familia) por tanto.