miércoles, 8 de marzo de 2017

Morras


Cuando mi mamá era joven, trabajaba en un banco en el que duró años. Es una persona trabajadora, honesta y muy dedicada, por lo que me consta que era una excelente empleada. Sin embargo, siempre vio a los hombres con los que laboraba subiendo de puesto y pasando a mejores oficinas ante sus ojos, por el simple hecho de que ella era mujer y cuando tuviera hijos, pues ya no iba a poder trabajar.

En edad primaria, me enseñó a limpiar, hacer de comer y las labores del hogar, porque fue lo que a ella le enseñó mi abuela. Me dijo que tenía que aprender a hacer todo esto para cuando me casara, pero que también estudiara mucho porque "si no te sirve tu marido, lo mandas a la chingada y no tengas que depender de nadie".

En la secundaria fue la primera vez que me dijeron puta. Tenía apenas unos 12 o 13 años y acababa de cortar a mi primer novio, Jaime, porque comenzó a aburrirme y simplemente me dejó de gustar. Nunca nos dimos ni un beso, pero como lo quise dejar, fui una zorra. 

Trabajé como periodista en la fuente policíaca varios años; me dijeron muchas veces que "estaba muy chiquita", que "era muy bonita para andar viendo muertos", que "¿cómo iba a trabajar sólo con hombres? o que mejor escribiera en notas de sociales ¿Cómo iba a hacer un trabajo no apto para mi sexo?

Cuando decidí irme a vivir a Washington, vendí, regalé y tiré casi todo, porque de momento no pensaba volver a mi rancho. Varias personas hicieron el comentario de cómo iba a hacerle, me cuestionaron hasta lo que iba a comer. A base de maruchanes, andar en la bicicleta, llorar -bastante- por sentirme jodidamente sola y mucha gente buena que me encontré en el camino, salí de pie; de una u otra manera siempre lo hago (aún no sé cómo). Lo mismo pasó cuando decidí venir a Ciudad de México ¿Por qué no mejor volver a casa? Un loop infinito.

Hoy me tomé unos minutos para leer algunos post de gente que conozco en redes sociales, y que deliciosa ironía ni en el día de la mujer nos ponemos de acuerdo en indignarnos o en felicitarnos. Por mi parte, me siento agradecida por todas las mujeres que lucharon por lo que hoy tenemos y a seguir con lo que nos falta. 

A modo personal aún me falta mucho qué hacer, pero me siento fuerte, rodeada de mujeres extraordinarias: mis compañeras de departamento, mis amigas, mis familiares, mi madre y mi abuela, todas ellas son una parte muy importante en mi vida, con los pedacitos que me regalan día a día y por su esfuerzo en todo lo que hacen, porque a su modo todas son feministas, todas aportan, todas aman y créanme, son bien correspondidas. 

Seamos libres, felices, responsables y dejemos de echarnos tierrita entre nosotras. 

Abrazo solidario.