jueves, 23 de julio de 2015

No lloro, nomás me acuerdo

Como la vez que entrevisté a un malandro que iba a pasar toda su vida en prisión por multihomicidio.

Me dijo que lo único que lamentaba de todo lo que había hecho, era en haberse dejado atrapar.

También que una condena vitalicia era una tontería, porque no había nada más peligroso que un hombre sin miedo a perder nada cuando le quitan todo.  

Hoy recordé sus palabras y aunque las escribí hace tiempo, por primera vez las entendí.





martes, 14 de julio de 2015

Mañana

A veces uno sólo tiene que cerrar los ojos y recordar que la misma vida que da, también es la que quita. 

Hoy fue un día perfecto. Quiero que mi semana sea un martes infinito, que no me deje de mandar flores, que no deje de quererme y que nunca se olvide de esta pobre diabla que sólo tiene un par de letras en su bolsa y unos besos guardados para cuando lo vea. 

Cinco minutitos más.


lunes, 13 de julio de 2015

Muero, pero no olvido

Tirado en el suelo, Julián vio correr su sangre, el cómo se formaba un manto rojo en aquel sucio pavimento de la calle 20 de Noviembre que ardía como un comal que nadie se molestó en apagar. Esa mañana salió de su casa recién peleado con su esposa. “Para que se sienta peor”, pensó.

Aún sentía el calor de las balas que recibió. Cada una penetraba su ser, le lastimaron una de sus piernas y su pecho, ya no sabía donde estaba.

Mientras era llevado en la ambulancia 045 de la Cruz Roja, sólo recordaba en el perfume de su mujer, los primeros pasos de su segundo hijo y en la primera vez que pagó por acostarse con una prostituta llamada Karla que le robó su reloj favorito, mientras otro oficial sostenía una de sus manos y le pedía que no cerrara sus ojos, porque los suyos estaban al borde de las lágrimas.

Llegó al hospital por la puerta de urgencias cerca de las 11:34 horas de un soleado martes, entró a cirugía inmediatamente. Perdió la consciencia unos días, pero para él fueron solo minutos. 

Cuando despertó en aquella cama de hospital, era de noche y tapada con un chal estaba su compañera de vida, mostrando accidentalmente y gracias a la silla donde estaba recargada un poco de su escote que le provocaba su lujuria cada segundo jueves del mes -sí tenía suerte- después del noticiero.

Esa ocasión se sintió afortunado, pero volvió a nacer cuando luego de la rehabilitación de sus cuatro balazos, sintió como una taza de café le quemó su muslo izquierdo. Pensó que había sobrevivido para ser alguien en la vida y dar un mensaje divino a los hombres que habitan sobre la tierra, pero se le olvidó a su cuarta Tecate una semana después y se limitó a ver la televisión en la sala de su casa sin molestar a nadie. 

Ahora, volvió con sus colegas de la policía a trabajar en lo que le gusta, y este día le tocó decir adiós a su amigo uniformado que alguna vez le pidió que no se fuera, mientras pensaba que cruzó esa brecha que él un día soleado no se atrevió. Ahí estaba él, con su placa policiaca dorada y brillante sostenida de su chaleco antibalas, mientras fumaba un cigarro afuera de la funeraria y hablaba de la suerte que es ganarle a la muerte.